El Logos de Dios en el Evangelio de Juan
Por Guillermo Antonio Dominguez Sanchez
Independientemente de los diferentes y valiosos análisis filológicos e históricos sobre los títulos atribuidos a Jesús, y en particular el de “Hijo de Dios” y su participación filial con Dios, tanto en los sinópticos y Juan, –tomando como referencia inmediata el texto de Michael Peppard–, no deja de ser llamativo las conclusiones que de James Dunn, hace el autor citado: “Para el concepto de una existencia personal del Hijo de Dios, solo el Evangelio de Juan satisface los juicios críticos de Dunn. Para Juan la filiación divina de Jesús existía antes de su nacimiento y no es ni “dada” ni “aumentada”, ni “interrumpida” ni “perturbada” por la resurrección, la muerte, el bautismo o el nacimiento. La relación íntima de Jesús con Dios, como Hijo a Padre, existía antes de su nacimiento, continuó ininterrumpida en la tierra y perdura eternamente. Si bien, el autor no dice algo que Juan no haya dicho o inferido, por efectos de credibilidad académica, no dejan de ser importantes sus conclusiones.
Que el Verbo Jesús, el Cristo es el Hijo de Dios, y las implicaciones que de ello se derive, es algo que Juan se propondrá mostrar en su Evangelio a una generación que no conoció a Jesús y que solo ha oído de él ; para Juan es fundamental que entiendan que ese Logos de quien inicia hablando, se hizo carne al nacer como Jesús, y que en consecuencia, este Logos-Jesús es el Hijo de Dios, y no solo eso, sino que también es el Cristo ahora divinizado. Su narrativa hará eco a través del tiempo, formación y estructuración doctrinal de la iglesia. Será parte de las primeras declaraciones de la Regla de fe de la iglesia del segundo siglo y subsiguiente. Sus declaraciones sobre Jesús en su Evangelio será el semillero declaratorio de la fe de la iglesia ante las herejías surgidas en medio de la iglesia: ebionitas, docetas, gnosticismo, Sabelianismo o modalistas, arrianismo, entre otras.
El Logos en la concepción de Juan irrumpe con la declaración de la preexistencia del Verbo, su procedencia, filiación, distinción personal y coincidencia natural o substancial con Dios “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios; Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho”. Juan vendría a perfeccionar la conceptualización y personificación del Verbo que Heráclito no pudo hacer, aunque sí habría sido el primero en dilucidar sobre él. De igual modo el Estoicismo, para quien no llegó a ser sino, una fuerza ordenadora e impersonal del cosmos, intermediario entre el creador y lo creado, ley moral y principio unificador de lo inteligible . También el platónico Filón de Alejandría llegaría a conceptuar al Logos como el pensamiento y la “palabra” divina, “expresión del intelecto divino y primera hipóstasis del Uno, el principio del mundo inteligible o el lugar de las ideas, arquetipos o modelo de las realidades”. Esto nos muestra que el término λόγος fue un concepto muy conocido, tanto antes como en tiempos apostólicos, y Juan utilizará dicha información para su propósito. A diferencia de la forma impersonal que lo presenta las escuelas griegas, Juan personifica y deifica al Verbo como instrumento divino y co-natural con Dios, por cuanto “era Dios”, o sea, participante de su naturaleza eterna. Más que ubicarlo en el llegar a ser, lo ubica en el campo del Ser. Juan expresa mejor que cualquiera de los Evangelios la divinidad plena de Jesús, identifícándolo con este término. El Verbo preexistente se hace carne, de este modo se presenta la preexistencia de Jesús como Verbo de Dios, desde antes de la creación, en la creación e historia de su pueblo, llegando a encarnarse para revelar en su persona al Padre. El hecho que diga que se hizo carne, anula de inmediato la posibilidad de un adopcionismo y de un docetismo, como lo habrían concebido tanto los Ebionitas y Docetas a finales del primer siglo e inicios del segundo, sino que afirma categóricamente que el Verbo se hizo carne. El ser trascendente se hace inmensamente al hacerse materia en el vientre de María y fecundar así el óvulo maduro de la joven virgen, gestando en su vientre al preexistente y que ahora nacerá como hombre, hecho carne. Esto mostrará desde el inicio del Evangelio de Juan a Jesús como Verbo y Señor de la materia. Como tal, él tiene dominio sobre los átomos y moléculas y puede así transformar todo a su placer. Los primeros tres versos, por no decir todo el capítulo uno de Juan, definirá la trama a desarrollar en todo el evangelio: Este Verbo no es otro que Jesús de Nazaret, el Cristo Hijo de Dios.
El Logos, su preexistencia y poder creador
“En el principio era (existía) el Verbo”. Cuando todo empezó, el Verbo ya era, ya existía. No es algo o alguien que pueda ser incluido dentro del conjunto de la creación, pues cuando ésta fue, él ya era. El razonamiento se fortalece cuando Juan afirma que “todas las cosas por medio de él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho”. El fue imprescindible para que todas las cosas llegasen a ser. Sin él nada hubiera sido hecho. Esto le da un lugar no solo de instrumento creador de Dios, sino de cualidad divina creadora en su propio ser. Así, Juan se propone decir que el Verbo Jesús, como Verbo antes de su encarnación existía antes de la creación, excluyéndose como como criatura de Dios, pues “estaba con Dios”. Estando con Dios, era su instrumento creador, pues “todo fue hecho por medio de él”. Siendo así, era el Verbo o Palabra de Dios. Juan dirá con esto que Jesús como Verbo preexistente y ahora encarnado, fue el agente creador de Dios, su palabra creadora, el pensamiento de Dios hecho palabra; la explosión del pensamiento de Dios hecho palabra creadora al decir: “Sea la luz”. Fue el pensamiento o palabra inteligible, autoritativa y creadora de Dios. Por tanto, el Verbo, el Logos, existía con Dios, era inherente a Dios, era su Sophia, su sabiduría hecha palabra explosiva y creadora, pues “dijo”, o sea, habló, creó. No pudo haber un tiempo cuando Dios no tuviese Verbo o palabra inherente en sí. Cómo criaturas, tenemos Verbo interno, palabra interna, inherente, pues aunque no hablemos explosiva mente en palabras, hablamos, pensamos dentro de sí, es algo inherente a nosotros. Si siendo criaturas tenemos está participación, cuánto más Dios y su Logos. El efecto o sea nosotros, no podemos ser superiores a la causa, o sea Dios. Todo cuanto se quiera explicar sobre el asunto no será sino una básica explicación tratando de explicar al infinito y perfecto, al imposible de explicar en plenitud.
Su distinción personal con Dios (Padre).
“...y el Verbo era con Dios”. El Verbo que existía, estaba con Dios, a la par de …, junto a… delante de, frente a … Su distinción se hace evidente tanto sintáctica como personalmente. Hay una distinción personal entre ambos sujetos que lo define la partícula interpuesta ( πρóς). No podía estar él mismo a la par de sí mismo, el texto define a ese que estaba junto a él como Dios. Si alguien leyera este pasaje sin tener conocimiento ni de griego ni de historia eclesiástica, ni de la historia sobre los dogmas, igualmente distinguiría la diferencia personal en la frase: “y el Verbo era con Dios”. Independientemente del desconocimiento del trasfondo histórico del término ahí usado, gramaticalmente se distinguen dos sujetos. Así, la persona del Verbo -ahora encarnado-, es una, y la persona del Dios -llamado Padre en el evangelio de Juan-, es otra. Juan hasta aquí nos presenta a dos personas distintas, pero inherentes la una de la otra desde una perspectiva natural u ontológica.
Su coincidencia natural con Dios.
“...y el Verbo era Dios”. Este Logos no sólo es presentado como Creador y distinto de Dios en cuanto a persona, sino que también se dice que es también Dios. No en el sentido que fuese la misma persona, sino siendo Dios, o sea, participante de la misma naturaleza de aquel que estaba junto o frente a él: Dios, a quien Juan menciona como el Padre. Juan deifica al Verbo al mismo nivel que el Padre. Es más, para fortalecer su punto sobre la naturaleza de Jesús, identifica a este Verbo con Jesús mismo, al hablar de su encarnación: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como la del Unigénito de Dios, lleno de gracia y verdad”. Por esa razón Jesús dirá de sí y del Padre, hablándole a Felipe: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? ”. Es precisamente de este Jesús de quien Juan continuará hablando una vez que menciona que el Verbo se hizo carne. Este este Verbo-Jesús quien Juan mostrará ejecutando las señales que no tendrán otro propósito que demostrar la potencia divina de Jesús. Él no llegó a ser divino, Jesús nació divino en su humanidad, pues es el Verbo que se hizo carne.
¿Cómo pudieron haber entendido este pasaje los lectores del segundo siglo cuando todavía no había surgido el debate modalista ni el arriano y, apenas estaría surgiendo el ebionismo y el incipiente gnosticismo representado en el Docetismo del momento? Sin embargo, ya hacia inicios del segundo siglo, Ignacio y otros, luego de él, estarían formulando la regla de fe basada en pasajes como este y otros en la predicación kerigmática y que daría forma al sistemático y bien pensado Credo Niceno de 325 y constantinopolitano de 380 d.C. Si bien es verdad, los conceptos presentados en el NT como Hijo de Dios, Salvador y Logos tienen su propio contexto histórico y significación en el tiempo apostólico, sin embargo para los escritores novotestamentarios adquirió su propia significación e implicación. Esta significación pasaría a ser adquirida y entendida por las nuevas comunidades y centros eclesiásticos. Fue de ese modo con que la iglesia del primer y segundo siglo habría entendido la lectura de Juan y otro texto del NT respecto a Jesús como Hijo de Dios, Salvador y Verbo divino de Dios. Así como lo entendió Ignacio de Antioquia cuando escribe a los Trallanos 9, Ireneo de Lyon cuando escribe parte de su Credo o regla de fe, Hipólito de Roma al escribir lo que pensaba respecto al Logos divino de Dios, encarnado en Jesús , Tertuliano y otros.
Juan presentará muchos episodios donde Jesús muestra su señorío divino. A continuación algunos de ellos:
Las conversión del agua en vino. Juan demostrará que Jesús, ese Logos de quien dice se hizo carne, y que fue el creador de todo cuanto existe, está encarnado en Jesús, y como tal es también Señor de la materia. Jesús tendrá la capacidad de ordenar a los átomos y moléculas a transformar su estructura molecular y dar lugar a la estructura molecular del mejor vino. El milagro consistiría en el reordenamiento atómico y molecular del agua a la estructura atómica y molecular del vino. ¿Podría Dios hacer eso? ¿Será imposible para Dios reodenar la materia a través de su reestructuración atómica y molecular para dar a paso a otra forma o estado de materia? ¿No podría hacerlo Jesús el Verbo encarnado y creador de todo cuanto existe hacer eso, sería imposible para él? A los sentidos de muchos esto podría soltar una sonrisa irónica y burlesca, si no, una molestia por tanta fantasía irreverente. Lo importante aquí es que Jesús transformó el agua en el mejor vino. El es el Señor de la materia, tiene poder sobre ella, aún sobre la base de la propia materia, esto es, su átomos y moléculas. Lo mismo se dirá de la multiplicación de panes y peces, o la sanidad del paralítico y del ciego de nacimiento. El Logos creador y encarnado en Jesús ¿no tendría a caso la capacidad de haber reordenado en ellos sus átomos y moléculas y restaurar sus tejidos y órganos dañados?
Dios era su propio Padre. Su declaración de que Dios era su propio Padre fue entendida de manera tan natural por los judíos que sabían perfectamente la implicación de dicha declaración. Ellos no entendieron esto como una metáfora. Ellos lo entendieron literal. Jesús se estaba declarando por implicación como Hijo de Dios, y es lo que a Juan le interesa. Juan no esconde en modo alguno el buen entendimiento que los judíos tuvieron de la declaración de Jesús. Él decía que Dios era su propio Padre, y por implicación, entendían ellos, que el se hacía igual a Dios. Ellos no necesitaron llegar al siglo IV a las controversias cristológicas para entenderlo así. Lo entendieron en su propio tiempo y momento, como cualquiera que leyera esto tiempo después lo pudo haber entendido y se entendió. Jesús se hacía igual a Dios, o sea, con toda la potencia de atributos y poder de aquel que es su Padre: Dios. Ese es el punto del argumento en esta sección narrativa. Con esto Juan estaría reforzando la idea motriz con que inicia su Evangelio, de que el Logos coeterno y divino se había hecho carne en Jesús y, que por tanto este Jesús tenía la verdad para declararlo sin temor alguno. La trama teológica de Jesús divino Hijo de Dios continúa en el resto del capítulo.
Otra sección no menos distinta que está, sino más bien paralela a la anterior es la declaración de Jesús que Dios es su Padre. El responde al cuestionamiento diciendo que las obras que él hace en nombre de su Padre dan testimonio de sí. Más aún, él les dice: “El Padre y yo uno somos”. Esto hace que los judíos le quieran apedrear. ¿Porque le querían apedrear? Ellos responden: “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios”. ¿Estaban equivocados los judíos tanto en esta ocasión como en la anteriormente citada? En modo alguno. Ellos no estaban equivocados. Ellos actuaban según su propio celo, producto del buen entendimiento que tenían de la idea, de que cualquiera que dijese ser hijo de Dios incurriría en blasfemia, siendo a la verdad un simple ser humano. Su entendimiento era verdadero. ¿Dónde entonces está la falla? Su falla y culpa estaba en no haber atinado que ese Jesús, luego de haberles demostrado todo su poder, no haberle creído que realmente era el Hijo de Dios, el Logos hecho carne. Para ellos era inconcebible. Su desgracia fue no haberle creído a Jesús y a sus obras pese de haberlas visto. De ahí la insistencia de Juan al recordar las palabras de Jesús a Tomás: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”. A diferencia de ellos, Tomas cree, y le declara como “Señor mío y Dios mío”. Solo que la declaración la hizo luego de haberle visto resucitado. La dicha es completada y aplicada aquellos que sin haber visto al Logos encarnado le creen y confiesan.
Cómo dijimos, Heráclito introduce el tema sobre el Logos. Si bien, había otra concepto ἔπος con similares significados que Logos, éste decide utilizar λόγος. Fue cuestión de semántica. Es de importancia resaltar, que independientemente que Heráclito eligiese λόγος en lugar de ἔπος para intentar explicar el orden observado en el cosmo y naturaleza como principio ordenador de todas las cosas, con todo, no fue sino palabras elegidas para representar una idea. Lo mismo haría Juan al elegir λόγος en su Evangelio; Por asunto de conocimiento universal del término en su tiempo, y por la cercanía de significación en el ámbito especulativo griego, –aunque dándole un innovador y nuevo significado–, lo acuña con nueva significación. Con esto en mente, igual se puede decir que las palabras no son sino conceptos utilizados convencional o arbitrariamente para significar una nueva imagen mental, muchas veces difícil de explicar. Esto vale aún más dentro del ámbito filosófico y teológico. Muchas veces, como dirá McGrath, las palabras no serán sino analogías y metáforas para significar algo de difícil significación o precisión. Y esto es precisamente cuando se utilizan términos relacionales respecto a Dios y su criatura, como las voces “Padre”, “Logos” “Cordero de Dios”, entre otros. El lenguaje humano como tal, es rico en significar muchas imágenes mentales, las cuales, a veces son abstractas, especulativas y, de difícil precisión. De ahí entonces la idea propuesta por McGrath sobre el principio de analogía y metáfora. Este principio en modo alguno reduce a Dios al nivel de un objeto o ser creado. Solo se afirma una correspondencia entre Dios y el ser o cosa significado en relación. En este respecto, la analogía o metáfora del Logos respecto a Dios, no significa en modo alguno dividir la esencia de Dios, creando así dos dioses, sino simplemente su inmanencia o intervención física–encarnada en la historia del hombre. Ese λόγος como palabra de Dios, se encarna y es en Jesús la plenitud de la divinidad: yo y el Padre uno somos. Ontológicamente no hay distinción, Dios es uno, pero para un mejor entendimiento, su Logos, pensamiento o palabra creadora se ha encarnado. Es la palabra encarnada la que da a conocer a Dios. Jesús como Logos es la analogía de Dios. Es solo una forma de entender la intervención de Dios en la historia de la criatura caída, a través de Jesús.
La teoría copernicana nos dirá mucho en el entendimiento de que no todo lo que se dice en el texto bíblico es literal, como literal se entendió que el sol se mueve y gira al rededor de la tierra. Lo mismo se dirá del término “Padre” aplicado a Dios, lo cual en modo alguno significa que lo sea en el exacto entendimiento que semánticamente se entiende. El acontecimiento copernicano vino a dar nuevas luces en el entendimiento del texto Bíblico, y Calvino apoyaría grandemente esa conceptualización dentro del marco teológico, pues su preocupación será “enfatizar que el lenguaje teológico no necesariamente puede ser tomado al pie de la letra”. También insistió en que no todas las declaraciones bíblicas concernientes a Dios o al mundo debían tomarse literalmente, ya que se acomodaban a las habilidades de sus audiencias. Este acomodamiento, no es sino la acción inmanente del ser trascendente a quien llamamos Dios.
Así pues, le plació a Dios revelarse en la analogía del Logos–Jesús para significarse cercano y relacional con la humanidad y atraerlos hacia sí.