Entrada 2
El
silencio roto.
Por Guillermo
A. Domínguez
Cuatrocientos
años aproximadamente habían transcurrido desde que Dios había hablado por
última vez al pueblo a través de un profeta o visión, desde la última vez que
lo hizo a través del profeta Malaquías, quien se enfrentaría a la apatía, frialdad
y descuido de la fe por parte del pueblo judío y sus líderes religiosos luego
del exilio, ya una vez construido el segundo Templo. La nación judía del postexilio pasaría por
mucha historia en todo ese lapsus hasta la aparición de Jesús en la
historia. Y es precisamente aquí, poco
antes de su nacimiento, cuando Dios irrumpe nuevamente con su voz en la
historia, y habla por primera vez después de esos cuatrocientos años, ahora a
través de un sacerdote llamado Zacarías quien en turno de ministración en
Templo, una vez dentro del lugar santo, el silencio de Dios es roto a través de
su ángel, Gabriel, quien le notifica que él y su mujer, tendrán un hijo, cuya
misión es preparar el corazón del pueblo para la llegada del Señor (Mesías
Jesús). El ángel designa el nombre del
niño que nacerá: Juan, el cual será lleno del Espíritu Santo desde su
nacimiento, e irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías. Con este acontecimiento, el silencio de
cuatrocientos años había sido roto.
Dios había reiniciado la cuenta regresiva, el principio del fin para
Israel, y el inicio de una nueva era dentro de su plan salvífico, ya no con
Israel como pueblo exclusivo y representante de su reino en la tierra, sino con
un nuevo pueblo llamado: la Iglesia. Los
“posteros tiempos” habían iniciado con el fin del silencio de Dios a través del
mensaje de su ángel. Solo faltaba que su
palabra creadora, su Logos se hiciera carne, no si antes, viniese primero “el
Elías” en su antitipo Juan, preparando el corazón del pueblo con su predicación
acerca de la llegada del Reino de Dios y la invitación al pueblo al arrepentimiento. El mensaje de Juan fue de esperanza para los
humildes de corazón que oyeron su mensaje y fueron bautizados, pero de juicio
para el pueblo de Israel como nación.
Su fin era inminente, el hacha ya estaba puesta, la suerte ya estaba
echada sobre Israel como nación, su inminente fin se acercaba. Con la llegada de Juan, Dios quiso salvar a
cuantos más pudieran oírle y obedecerle a través de su profeta Juan, el mensaje
de Jesús y sus discípulos. El silencio
roto de Dios se tradujo en esperanza de salvación sobre los humildes y marginados
y de juicio sobre la rebelde Judá. Jesús
mismo lo declaró en su parábola de la
viña y lavadores malvados: el reino será
quitado de vosotros y dado a gente que produzca los frutos del reino. Esta nueva gente se tradujo en la iglesia. Con Jesús, la revelación de Dios se cristalizó
en sus palabras, ministerio y su persona.
Dios habló de muchas veces a los padres a través de los profetas, pero
en estos últimos días nos ha hablado a través de su Hijo. Dios continúa hablando al hombre cada vez que
su palabra es leída, cada vez que su mensaje es predicado, cada vez que se
amanece en un nuevo día, la voz de Dios habla a la criatura caída con su
llamado apostólico: ven y sígueme.
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