domingo, 15 de marzo de 2026

El Silencio roto. Breves notas sobre Lucas

 Entrada 2

El silencio roto.

Por Guillermo A. Domínguez

Cuatrocientos años aproximadamente habían transcurrido desde que Dios había hablado por última vez al pueblo a través de un profeta o visión, desde la última vez que lo hizo a través del profeta Malaquías, quien se enfrentaría a la apatía, frialdad y descuido de la fe por parte del pueblo judío y sus líderes religiosos luego del exilio, ya una vez construido el segundo Templo.   La nación judía del postexilio pasaría por mucha historia en todo ese lapsus hasta la aparición de Jesús en la historia.   Y es precisamente aquí, poco antes de su nacimiento, cuando Dios irrumpe nuevamente con su voz en la historia, y habla por primera vez después de esos cuatrocientos años, ahora a través de un sacerdote llamado Zacarías quien en turno de ministración en Templo, una vez dentro del lugar santo, el silencio de Dios es roto a través de su ángel, Gabriel, quien le notifica que él y su mujer, tendrán un hijo, cuya misión es preparar el corazón del pueblo para la llegada del Señor (Mesías Jesús).   El ángel designa el nombre del niño que nacerá: Juan, el cual será lleno del Espíritu Santo desde su nacimiento, e irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elías.   Con este acontecimiento, el silencio de cuatrocientos años había sido roto.   Dios había reiniciado la cuenta regresiva, el principio del fin para Israel, y el inicio de una nueva era dentro de su plan salvífico, ya no con Israel como pueblo exclusivo y representante de su reino en la tierra, sino con un nuevo pueblo llamado: la Iglesia.  Los “posteros tiempos” habían iniciado con el fin del silencio de Dios a través del mensaje de su ángel.   Solo faltaba que su palabra creadora, su Logos se hiciera carne, no si antes, viniese primero “el Elías” en su antitipo Juan, preparando el corazón del pueblo con su predicación acerca de la llegada del Reino de Dios y la invitación al pueblo al arrepentimiento.   El mensaje de Juan fue de esperanza para los humildes de corazón que oyeron su mensaje y fueron bautizados, pero de juicio para el pueblo de Israel como nación.   Su fin era inminente, el hacha ya estaba puesta, la suerte ya estaba echada sobre Israel como nación, su inminente fin se acercaba.   Con la llegada de Juan, Dios quiso salvar a cuantos más pudieran oírle y obedecerle a través de su profeta Juan, el mensaje de Jesús y sus discípulos.   El silencio roto de Dios se tradujo en esperanza de salvación sobre los humildes y marginados y de juicio sobre la rebelde Judá.       Jesús mismo lo declaró en su  parábola de la viña y lavadores malvados:  el reino será quitado de vosotros y dado a gente que produzca los frutos del reino.   Esta nueva gente se tradujo en la iglesia.   Con Jesús, la revelación de Dios se cristalizó en sus palabras, ministerio y su persona.  Dios habló de muchas veces a los padres a través de los profetas, pero en estos últimos días nos ha hablado a través de su Hijo.   Dios continúa hablando al hombre cada vez que su palabra es leída, cada vez que su mensaje es predicado, cada vez que se amanece en un nuevo día, la voz de Dios habla a la criatura caída con su llamado apostólico: ven y sígueme.  

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